viernes, 10 de julio de 2009

Inicios

En su momento fue un recuerdo más, uno lleno de nostalgia. Con el tiempo fue tornándose en un lugar para tomar aliento. Un instante de silencio, el viento entre los árboles, el cantar de los pájaros. Un campo de sueños para retomar el sendero perdido.


Ya no recuerdo en que año fue, pésima, terrible, mala memoria. Guadalupe, la simpática, la entrañable y vivaracha, consiguió una casa en la punta del cerro, literal, donde pondríamos un nido de golondrinas inquietas. Cuesta arriba escalamos la calle de piedra, que no empedrada, la nuestra era la última casa, a su lado iniciaba el mar de árboles.


Una casa gris que tenía unos arcos invertidos en las bardas. Desde abajo se veía un castillo amurallado, desde dentro se podía subir a los arcos sin problemas. Fríos pisos, gris cemento, chucherías de las que se quedan extraviadas con el abandono. Apacible. Callada. Desde los arcos se veía el mundo, un universo pequeño, de colores mezclados.


Recuerdo estar recostada en uno de los arcos. El silencio propio acoplado al cuerpo, desde la casa una estación extraña, una de esas cosas que sólo Guadalupe consigue encontrar, imponía un ritmo de otra vida. Nunca llegamos a vivir en esa casa. Pero todavía allí, en mi pequeño oasis de cemento y bosque, emprendo el vuelo para escribir este blog.

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