domingo, 26 de julio de 2009

La cazadora y la hechicera

Muchas historias me cruzan por la cabeza, pero esta se negó a quedarse en pensamiento. Hace ya varios años que no escribía un cuento; es agradable recuperar las buenas y olvidadas costumbres. También está publicado en amor yaoi, que a veces funciona y a veces no. Las peticiones de siempre: no lo tomen sin mi consentimiento, aliméntenme con sus comentarios.



La cazadora y la hechicera

por Janendra

Para Aelo



Cuentan que hace muchos años existió un rey que poseía un tesoro vivo, una mujer como ninguna otra. Era la última cría de una larga estirpe de meretrices reales, gacelas de ojos plateados, esclavas desde el vientre de sus madres. La gema del rey, además de hermosa, tenía el don de ver los hilos invisibles del futuro.


Aunque pocos la habían visto, se decía mucho de aquella mujer. Su madre la alumbró en el palacio de piedra y apenas nació la entregaron a los criadores. Debía ser cuidadosamente educada. Preservar su piel que llegó a ser tan pálida como la luna. Trabajar su voz hasta convertirla en murmullo que limpiara los pesares. Hacerla dueña y señora de todas las artes del amor.


El rey solía alabar tanto las virtudes de su esclava que el rumor se extendió más allá de la corte. Era tal su devoción, decía, que sólo tenía ojos para contemplar sus divinos pies. Era tan dócil y sumisa que se volvía una estatua si él lo mandaba. Desconocía hasta la curiosidad femenina, que tantas desgracias acarreaba sobre los hombres. Prueba de ello era que aunque su torre poseía la vista más esplendida del reino, ella nunca salía afuera.


No faltaron los que quisieron escalar la torre para robar un suspiro de la belleza. O los que pusieron a prueba las palabras del rey. No había diez noches sin que a los pies de la torre se tejieran cantos sublimes. Extraños pájaros elevaron sus trinos y sus alas en una tentación vana. Ni las fiestas ruidosas o las explosiones de violencia, ni los enamorados, o los agonizantes, nada, consiguió despertar la curiosidad de la hechicera piel de luna.


En los confines de aquel reino existía otra mujer prodigiosa. No se le conocían padres ni origen. Decían entre dientes que era hija de las montañas, cazadora hermana de los lobos. Guerrera, aprendiz de los demonios. Lo único cierto es que ella sola era tan fuerte como todos los hombres de la tribus bastardas. E inspiraba el mismo terror.


No era hija de lobos, ni hermana de demonios. La parió la soledad de la guerra, de las matanzas sin razón. Creció en el desamparo, en la noche cruel de los huérfanos. Las armas, la guerra, la furia convertida en el filo de las dagas, le ayudaron a sobrevivir. Ganó su fama con el andar de la sangre, y con el mismo se quedó sola. A su paso se instalaba el vacío. Sólo los lobos se le acercaban sin el velo del temor. Entre los hombres no tenía sitio alguno.


Los bastardos no sabían decir cual era su morada. Aparecía sin que la llamaran, como si escuchará a los muertos de la batalla por venir. Volvía con la piel de sangre, el odio royendo sus pasos. La cabeza del más valeroso guerrero pendía de su cinturón. El camino a las montañas estaba adornado con cabezas.


Quiso la fortuna que la fama de la hechicera volara por los cinco confines del reino. Sobre los prados floridos y las llanuras, hasta las montañas de hielo y aún más lejos. Emisarios de otros reinos intentaron comprarla, algunos pudieron admirar la belleza en un instante de sueño. El rey la declaró su más preciada posesión.


Una mujer de infinita belleza no despertaba pasiones entre los bastardos. Ellos necesitaban mujeres fuertes, hembras de fuego que no sucumbieran ante ellos. Mas el desafío de escalar la torre pasó por sus cabezas. Bromeaban en la taberna sobre volver con la mujer a cuestas, hasta que la fuerza de la palabra hechicera les devolvía la razón. Sólo alguien que no creyera en cuentos de abuelas, y hombres cobardes, tendría el valor para cumplir la hazaña.


El primer día de invierno la cazadora atravesó la aldea en su caballo gris. Al ver la ballesta, las espadas dobles y las hachas de guerra, sin una palabra, comprendieron que la cazadora traería la cabeza de la hechicera.


La torre sucumbió a la guerrera como un amante deseoso. Para quien conocía los secretos de las montañas un bastión de piedra no oponía resistencia. El reino de la torre era un derroche de oro. Una jaula tejida para el deleite del espectador, no del pájaro cautivo.


La cazadora permaneció oculta. Atenta al ritmo que se tejiera dentro. Quería sorprender a la hechicera antes de que tratara de maldecirle el destino o peor, prorrumpiera en berridos. Ni uno ni otro sucedió. La habitación entera dormía como una tumba. A paso lento se acercó al lecho donde percibía el olor de la carne tibia.


Tras los barrotes de tela la hechicera parecía dormir. Un primer vistazo y tuvo que mirar de nuevo. Asegurarse que la criatura en la cama fuera de verdad y no de niebla. Entre los suyos no dirían que era una mujer, tenía las formas, pero era pequeña, enclenque. ¿Qué deseo podía inspirar un ser así?


La cazadora se permitió una segunda mirada. Sus ojos treparon por la pierna visible, por los senderos de tinta que se enlazaban sobre sus muslos, por el vientre y los senos. Cadenas que buscaban encerrarla dentro de sí misma. Acallarle la lengua de serpiente. La necia costumbre de arrojarle al rey lo que hallara.


Los ojos siguieron el sendero hasta el sexo adornado con joyas. Hacía los senos que llenarían sus manos. Siguió arriba, a los labios, a los ojos que creía cerrados y estaban abiertos. Ojos que semejaban el acero sin sangre.


La hechicera se incorporó sobre los codos. Observó a la mujer que veía en sueños. Reconoció las cicatrices de una larga vida de penurias. La fuerza en las manos de quien mató por primera vez para sobrevivir. La misma marca que ella tenía en la mirada, el signo de los que vivieron mucho en poco tiempo.


—Siempre supe que la muerte era una mujer, —dijo.


La voz era como una caricia y la cazadora se imaginó escucharla en un momento de placer. La distracción, tan rápida como el vuelo de una mariposa, la llenó de rabia. ¿Qué sucedía allí? ¿Por qué no gritaba o se defendía? La mirada plena de curiosidad, de reconocimiento, la irritaba. Asió la espada.


La risa de la hechicera emprendió el vuelo. Apartó de un manotazo la tela que mantenía oculta su otra pierna. La cazadora contempló la cadena que le abrasaba el tobillo. Las cicatrices que dejaron los mil intentos por soltarse.


Volvió la mirada al rostro de luna. A los ojos de tenaz resistencia. Supo, sintió en los hombros, el peso del vacío. El encierro de los sueños. La rabia de sobrevivir a su vientre fértil, empeñado en formar hijos que harían morir dentro de ella. El alivio venenoso de que sus niños no nacieran para ser esclavos.


—Hace mucho que cantaba por ti, —escuchó que decía.


La cazadora soltó la espada. Vagó la mirada por la jaula. La violencia que ella también conocía brillaba en los finos tesoros. Sintió la necesidad extraña, ajena, de darle algo que le aliviara el dolor. La magia de la hechicera la envolvía, le pesaba en el pecho. Abrió las puertas tan cerradas y la dejó beber de sus recuerdos.


La hechicera aspiró el perfume de los árboles. La sensación del frío dando saltos por sus brazos. La garganta sembrada de aullidos y cacerías. Se dejó envolver por el despertar de las montañas, el trinar de un mar de aves. Miró más allá y descubrió que el vacío también se encuentra en el viento. La soledad entre tanta compañía, la añoranza de lo que se ve y quisiera sentirse. La pasión ardiente de la guerra. El temor furioso de animal herido. Lágrimas perdidas cuando la noche no miraba.


Se parecían. Espejos desiguales que entonaban el mismo canto. Donde yacía el dolor de la cazadora, la hechicera murmuró su propia esperanza. Los nombres que atesoraba para una promesa tierna que no conociera cadenas. Brazos que se volvían alas. El cielo infinito para tejer nuevos sueños. La ternura guardada para besarle los labios. El deseo de ambas de que en la vida hubiera un remanso de paz.


La hechicera ofreció su mano. El cuerpo vestido de deseo. De los rumores que esparció el rey, la única verdad es que era una consumada meretriz. La guerrera se quitó las armas…


Más tarde la cazadora recostó la cabeza en la almohada. Una mano apoyada en la cadera ajena. Los pensamientos atrapados entre los senos de la hechicera. Con el caer del sol los movimientos afuera se incrementaban. Aún tenían un rato de tranquilidad. Al reino de la hechicera se iba por extrema obligación, o, como el rey, por placer.


La cazadora pensaba en los pasos a seguir. Si la hechicera durmiera lo tendría fácil, pero los ojos curiosos no pedían descanso. La distraía la charla silenciosa que parecía mantener con sus cicatrices de guerra. No quiso imaginar que cosas le contaban, se apartó de la cama, levantó del suelo una de sus hachas. Tal como esperaba, la hechicera no cerró los ojos. Dio un tajo certero. Esa noche, cuando el rey descorrió los velos, se encontró con la cazadora.


Muchas lunas después se vio un caballo gris cerca de las montañas que habitaban los bastardos. Para entonces era historia vieja que la cabeza del rey amaneció colgada en la torre. Fue tan repentina la muerte del monarca que sus herederos no perdieron tiempo en darle sepultura, prefirieron disputarse el reino. Cuando uno de ellos logró sentarse en el trono decidió reescribir la historia. Se bautizó libertador del pueblo, terror de los tiranos. La cabeza siguió pudriéndose con la calma de los muertos. En la torre ya no hubo meretrices reales.


Cuando el caballo alcanzó el pueblo, los habitantes se las arreglaron para tener algo que hacer al pie del camino. Los hombres se reunieron afuera de la taberna. Los niños correteaban por la nieve. Buen momento para sacudir las mantas. Incluso se cocinaba mejor sobre la espesa blancura.


La cazadora condujo al caballo sin prestarles atención. Era la misma, mas les pareció diferente. Llevaba la mirada serena, el corazón libre de los pesos de antaño. Detrás de ella, con las manos aferrándole el cuerpo, iba una mujer que bebía el mundo con los ojos. Ya no era tan blanca como la luna, pero a sus labios asomaba la sonrisa del alma.


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