miércoles, 5 de agosto de 2009

La leyenda de los dos volcanes


La leyenda de los dos volcanes
Escrito por Janendra (osease yo, la dueña de este blog)

En los buenos días, desde mi casa, se pueden ver dos volcanes cubiertos de nieve. El primero, que tiene la forma de una mujer dormida, lleva por nombre Iztaccíhuatl. A su lado, como un guerrero invicto, se yergue el orgulloso Popocatépetl. Desde que era niña los amantes de fuego y hielo despertaron mi curiosidad. Muchas leyendas se cuentan sobre ellos, hoy les narraré la mía.

Cuentan que hace mucho tiempo existieron dos jóvenes enamorados. Iztaccíhuatl era la hija de un poderoso cacique. Más que la grandeza de su sangre o la alcurnia de su familla, la adornaban un corazón bondadoso y el interés por su pueblo. Decía su padre que ella tenía el carácter que le faltaba a sus hermanos, nada bueno para una mujer. Iztaccíhuatl llevaba largos años enamorada de un joven guerrero. Lo vio crecer en bravura y nobleza. No era la suya una familia ilustre, pero en su corazón habitaba la justicia. Ninguna de estas virtudes eran suficientes a los ojos del cacique.

El padre de Iztaccíhuatl planeaba casarla con el señor de un reino vecino. La unión aseguraría una beneficiosa alianza. Mas conocía el carácter de su hija. Contra el río era difícil luchar, sería mejor encauzarla sin que lo notara. Llamó a Popocatépetl y le ofreció la mano de su hija, con una condición: a Iztaccíhuatl sólo podría desposarla un señor de la guerra. Popocatépetl debía ganarse el honor que perseguía. Si volvía cubierto de gloria, en un jolgorio sin límites, desposaría a Iztaccíhuatl. Popocatépetl creyó la palabra del cacique y partió a la batalla.

El cacique se regocijó con la trampa en que cayeron los amantes. No era hombre que dejara nada a la suerte. Detrás de Popocatépetl partieron tres asesinos. Por una u otra mano, él no volvería.

Lunas después volaron desde el campo de batalla malas noticias. Popocatépetl había muerto. El cacique no permitió que su hija perdiera tiempo en lágrimas. Le hizo ver la conveniencia de casarse, de formar alianzas que ayudaran en la guerra. Contra duras razones era difícil resistirse. El egoísmo no era parte de su corazón. ¿Cómo no desear el bienestar de su pueblo? Buscar la paz tan ansiada, aunque el precio fuera el resto de su vida. Iztaccíhuatl accedió a casarse.

Cuando la princesa se sentaba al banquete de bodas, como una mujer con dueño, Popocatépetl entró triunfal a la ciudad. Ni la guerra ni los asesinos lo abatieron. Las noticias de su muerte eran falsas. A los amantes les bastó verse para comprender la magnitud del engaño. La cárcel en que ahora residía Iztaccíhuatl. La soledad y la rabia que aguardan a Popocatépetl.

A la mañana siguiente un lamento se hizo escuchar. En su lecho de bodas había muerto Iztaccíhuatl. Nadie entendía lo sucedido. Decían algunos que la princesa ingirió el veneno de la desesperanza. No había corazón que resistiera perder dos veces lo que se ama.

Ninguno osó interponerse al paso de Popocatépetl. Entró al palacio y tomó el cuerpo de su amada. La llevó arriba, a las montañas, donde el manto de las estrellas se deshacía en nieve. Tendió a su princesa que se vistió de blancura. Se quedó a su lado, con una antorcha encendida, iluminándole el camino hacia la eternidad. De la tumba de los amantes surgieron los dos volcanes que hoy contemplamos.

Aunque ya pasaron miles de lunas es difícil olvidar la leyenda. De vez en cuando Popocatépetl recuerda el amargo sabor del desengaño. Estalla en fumarolas y amenaza con desaparecer medio estado. Si los gritos y amenazas parecen ir en serio, los pobladores que viven a sus pies inician un penoso recorrido hacía su cima. Le ofrendan comidas, historias y canciones, a ver si se le distrae la ceniza. Si nada funciona toman el sendero que los lleva con Iztaccíhuatl. Con mucho respeto le piden a la señora que haga entrar en razón a su amado, que le baje el coraje a besos. Ella, que escucha siempre a los necesitados, da un suspiro de nieve. Va en busca del airado guerrero, sonríe y a Popocatépetl se le desbaratan los pensamientos.


10 comentarios:

Anónimo dijo...

quien es el autoooor??????

Janendra Cien Pájaros dijo...

Yo soy el autor.

Anónimo dijo...

por que no ponen deterror heeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

Anónimo dijo...

Quien es el autor

jose dijo...

Bonita historia! Pero quien es el verdadero autor?

jose dijo...

Bonita historia! Pero quien es el verdadero autor?

jose dijo...

Bonita historia! Pero quien es el verdadero autor?

Anónimo dijo...

LA HISTORIA ES MUY LINDA

Anónimo dijo...

es muy larga

Janendra Cien Pájaros dijo...

Me lleva con esta historia, el autor soy yo xDDD yo la escribí, es mi versión.