viernes, 15 de agosto de 2014

Fragmentos de Unión



Fragmentos la palabra misma lo dice,  cuando escribia Unión ponía en palabras todo lo que me venía a la cabeza, luego volvía a ello y lo terminaba  o lo descartaba. Esto estaba todo por verse. La escena de Harry entre sus alas es una de mis favoritas. Gracias queridas lectoras por acompañarme en esta odisea que se llamó Unión, el fanfic.



Unión 
Janendra

Capítulo VI: Sordina.

Jhornub  arrojó la lanza contra la piedra encendida. Los cabellos carmesí ardieron con su rencor. Los ojos cenizos se ocultaron detrás de los párpados rojos. En nombre de todos los dioses ¿qué pensaba Nteorg al desafiar al Señor de la guerra? En qué momento, tras ver qué cosa, pensó que serían capaces de ganar una guerra contra los tylwyth teg. Los primeros de fuego no nacieron guerreros, ellos eran inteligentes, cultos, sabios. Dedicaban sus  vidas a recrear la belleza. Cuando era un niño, millones de lunas atrás, creía que ellos ganaron la guerra, como todos los críos de su raza. Bastaba conversar con alguien del exterior para saber que tenían la impresión equivocada. Evitar que alguien entrara a sus tierras no los convirtió en los vencedores, fue un recurso desesperado. Los otros los consideraban afortunados, no era habitual de Aenodán dejar una batalla sin concluir. Tregua era la palabra que definía el final de la guerra.
Desesperado Jhornub se pasó las manos por la cara. Se decía que la guerra era una venganza, Nteorg intentó matar al hijo de Aenodán y su raza pagaría por ello. La vieja guerra fue por unas tierras, por la actitud orgullosa de un consejo de primeros. Aenodán era un padre protector, cada uno de sus enemigos sabía que sus hijos eran su debilidad. Ninguno era tan estúpido para provocar esa particular rabia del Señor de la guerra. Al atacar a un niño Nteorg condenó a los pequeños de su pueblo. Aenodán no se detendría en su venganza, ninguno sobreviviría.
Zafuhr tocó el hombro de Jhornub. Al verla él sintió que la rabia recrudecía en su corazón. Zafuhr era una doncella hermosa, una primera venida de los extremos orientales de las Tierras de la perdición. La observó con el corazón roto. Zafuhr era espigada, los cabellos cenizos, lacios y sedosos le llegaban a las rodillas. Zafuhr se tejía complicadas trenzas sobre la cabeza y el resto quedaba libre. Los ojos de Jhornub descendieron por el cuerpo hermoso, por los vestidos de cuero y gemas que rodeaban el vientre redondo. Su primer hijo. La levantó como si no pesara nada y la sostuvo contra su pecho.  Zafuhr le rodó el cuello con sus brazos, le murmuró al oído las palabras de su amor.
—No hay que darse por vencidos, —le dijo ella—. La esperanza yace debajo de las rocas.
—Solo hay que levantar piedras suficientes, —añadió él sin soltarla.
Zafuhr asintió.
—Quiero que mi hijo viva Jhornub.   
El reclamo de Zafuhr le hirió el corazón. Él quería que su hijo y su mujer vivieran, aunque él se quedara atrás. Conocían lo suficiente de la guerra para saber que era imposible, al menos su hijo tenía que vivir. Encontrarían una manera. 
—La vieja llama a los jóvenes. Ella dice que hay esperanza, creo que deberíamos ir y escucharla.
Jhornub puso a su mujer en el suelo. Le escrutó los ojos carmesí. La vieja era una niña cuando la primera guerra. Quizá por los horrores  de la guerra, el tiempo, o ambos, con los siglos su razón se hizo extraña. Vivía en las praderas, en los bosques, rodeada por los animales de fuego. De vez en cuando advertía sobre peligros que creían estaban en su cabeza.
—Ella dijo que debíamos prepararnos para una guerra por venir, —dijo Zafuhr.
Él asintió. Las consejas de la vieja hicieron reír a más de uno. Aenodán nos cobrará cara la afrenta, decía ella. Ahora nadie reía.
  —Vamos, —Jhornub le tendió la mano.
Otros jóvenes, como ellos, seguían el camino del bosque. El fuego rojo crepitaba arriba y abajo, Las tierras de la perdición ardían con un fuego incesante, dulce. Había diez o quince parejas, algunas mujeres preñadas, igual que Zafuhr. Jhornub reconoció el mismo dolor, la desesperación controlada a duras penas.
—Hay una esperanza —decía la vieja.
 La piel decrépita se agitaba con los resplandores del fuego. Los primeros no solían envejecer. Con los años ganaban en apostura, en fortaleza, su apariencia física estaba determinada por la imagen mental que tenían de ellos mismos. Entre más sabía un primero su fortaleza y juventud eran gallardas, airosas. Las mujeres se volvían hermosas hasta un punto desesperante. El mayor don de los primeros era su hambre de conocimiento. Al ver a la mujer encogida, con la piel arrugada, Jhornub entendió que vieja era la forma en que aquella mujer se sentía. Después de la guerra bestial les tomó milenios recuperarse. Las heridas aún seguían abiertas.
—Mucho se habla de que el corazón del Señor de la guerra es dominio de su mujer y sus hijos. El niño al que Nteorg intentó matar podría ser la salvación de algunos de ustedes.
—¿Sugieres que busquemos al niño?
Jhornub volvió el rostro hacía la voz. Era un primero maduro que tenía tres o cuatro niños.
—Sueño con ese niño desde antes de que naciera. Sé que es amable, que no le gusta ver sufrir a los otros, que entiende el dolor ajeno mejor que el suyo. Hay una vieja profecía entre nosotros.
—Nosotros no hacemos profecías vieja, —dijo otro hombre.
—Incluso nosotros hicimos una, hace muchísimas lunas. Un día al Señor de la guerra le nacería un hijo que sería suyo y de la tierra entera. Un niño capaz de hablar la lengua de cada raza que creó el fuego primigenio. Él tiene los brazos abiertos para nosotros y poseé un poder como no vieron antes ojos algunos: el  camino al corazón de su padre. 
Los varones intercambiaron miradas. A eso se reducía la sobrevivencia de un antiquísimo pueblo, a la súplica de un niño.
—No se engañen —decía la vieja—, la mayoría moriremos en esta guerra. Se trata de salvar a unos cuantos, los que llevan vida, los niños.
—¿Crees que su padre nos dejará acercarnos?
—El niño está lejos de su padre. La profecía de un niño alado, hijo de todos y de la corona de guerra se hizo en cada raza. Cuando los pueblos se dieron cuenta de lo que pasaba, se hizo la promesa de no ocultar el paradero del niño a los otros. El niño está entre los elfos de luz, permanecerá allí hasta la luna llena.
Jhornub sintió la urgencia de ponerse en marcha, Conocía el mundo de los elfos de luz, los primeros comerciaban con ellos, libros, dulces, conocimientos eran el intercambio principal entre ambos pueblos.
—No pueden hacer que odie a su padre, ni esperen que detenga la guerra. La vida de unos cuantos es lo que pueden pedirle, —escuchó lejanas las palabras de la vieja. 
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El largo suspiro se quedó atrapado en la muralla que formaban sus alas. Harry tenía las rodillas cerca del pecho, los brazos rodeaban sus piernas, el mentón apoyado en una  rodilla. Estaba cercado por sus alas, el cuerpo por entero oculto debajo de las plumas. Un rayo de sol se colaba por el hueco que se formaba en la cima de las alas. Harry apretó las alas y el rayo desapareció. En la oscuridad cerró los ojos y se sintió un poco mejor, era como estar de nuevo en la alacena debajo de las escaleras. Cuando era muy pequeño aquel lugar le daba miedo, con los años se convirtió en su lugar seguro, donde podía sentirse a salvo de la amorosa familia de su madre. Aunque el olor  a flores y árboles desmentía sus pensamientos, hizo como si estuviera en su armario a salvo de besos y de Draco.
Frotó el rostro contra las sedosas plumas. Se sonrojó al entender lo que anoche hizo sonreír a Draco de esa forma. El gemido se escuchó fuera de la muralla alada. Regulus miró el cono de plumas con inquietud.
—Harry ¿estás bien? —Preguntó.
—Sí, —le respondió la voz adolescente sin ánimo.
Regulus comenzaba a desesperarse. Harry abandonó el árbol morada desde temprano, él lo siguió porque era su deber protegerlo. Cuando Draco viera que Harry y él estaban ausentes asumiría que estaban juntos. Regulus miró alrededor, sonrió al ver unos frutos de un intenso morado que los elfos  comían como postre. Estaba seguro que Harry no desayunó antes de salir. Lucius y él tomaron algo ligero; compartían la habitación.
Harry pensaba en el beso. No sabía qué pasaba por su cabeza cuando lo besó. La sensación fue intensa, abrumadora. Era el primer beso que daba y fue torpe y tonto. Harry se cubrió la cara con las manos, ¡y muy vergonzoso! Rodeados por sus alas, Draco lo dejó tocar la línea de barba sobre el mentón, sobre el labio superior y a los costados de la boca. Harry no vio ese estilo de barba antes, era moderno y hacía que Draco se viera muy atractivo.  
Cuando Harry cayó en cuenta de lo que hacía intentó apartarse. Draco no lo dejó. Es mi turno para besarte, dijo. Fue un beso muy distinto, el roce de labios, las suaves caricias que poco a poco intensificaban el contacto y muy despacio le pidieron que abriera sus labios. Le pareció que pasaron horas entre besos. El calor se extendía por su cuerpo como si tuviera fiebre. Fue Draco quien se detuvo y él gimió en protesta. Draco se rio, lo recostó en la cama y lo sostuvo entre sus brazos hasta que se quedaron dormidos... en la misma cama. Según el juicio de los elfos su enlace necesitaba la cercanía física. Tenía que preguntarle a Draco sobre eso, decidió, un día cuando no se sonrojara al verlo.
—Harry, abre las alas.
Harry levantó la mirada, dedos largos y elegantes le abrían las alas. Aflojó la presión y permitió que Regulus deshiciera su muralla.
—Mira lo que encontré, ¿tienes hambre?
Harry asintió al ver las moras que estaban frente a él, en el suelo, sobre unas hojas enormes. Regulus las lavó en el río, las gotas de agua bajaban por la piel morada. Los frutos tenían un sabor delicioso, dulce y fresco. Harry tomó un puñado.
—Gracias, —sonrió.
Comieron en silencio y bajaron al río para tomar agua. A Regulus le gustaba el agua de ese mundo, tenía un sabor luminoso. Antes de que Harry volviera a su muralla de plumas, Regulus se sentó frente a él.
—Harry, ¿pasó algo con Draco? ¿Algo que te molestara o te hiciera sentir incómodo?
Harry se sonrojó y apartó la mirada. Regulus contuvo la sonrisa, así que era eso. Conocía bien a Draco, no creía que forzará a Harry hacía situaciones íntimas si no estaba preparado. Aunque el impulso sería fuerte, Draco era un guerrero que desde niño aprendió a dominarse a sí mismo. 
—Sabes yo estoy aquí para protegerte y si tengo que hacerlo del mismo Draco, lo haré, —dijo con voz suave—. Así que él hizo algo que te molestó.
Harry negó. Tenía la mirada clavada en el verde del suelo. Regulus sonrió. No hacía falta ser adivino para notar que Harry era tímido. 
—¿Quizá hizo algo que te gustó?
Harry gimió y se cubrió la cara con las manos. Se recostó en el pasto y se cubrió con un ala.
—No quiero hablar de eso.
Regulus se acomodó a la espalda de Harry. Miró arriba, era media mañana. Draco estaría preocupado por la ausencia de Harry.  
—¿Te besó?
Regulus interpretó el movimiento debajo de las plumas como una afirmación.
—Y estás avergonzado por el beso o por qué te gustó.
—¡Ambos! ¡Nos acabamos de conocer! No es como si yo fuera por la vida dando besos a quien me gusta, —el tono se hizo bajo—. Ni siquiera estoy seguro que me gusten los hombres.
Regulus no se sorprendió, ¿quién a los dieciséis años sabía lo que era o quería?          —Así que tú y Draco se besaron. Anoche pareció bien y hoy decidiste que fue incorrecto.
Harry apartó el ala con que se cubría. Se sentó al lado de Regulus.
—Quiero volver al colegio.

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—Hay un problema, —el tono del elfo de luz hizo encoger el corazón de Getaph—. El rey de Midgar es la pareja del niño. Ambos están aquí. Los portales hacía su mundo y el nuestro están cerrados. Los dioses le dieron las llaves a los nueve mundos para que su sangre se ocultara si era necesario. Si lo consultamos no permitirá que ustedes entren, si los dejo entrar será una traición. 
Kapreg sintió que la desesperación lo consumía.   Getaph bajó la mirada y observó su vientre redondo.
—Laurinquë, tienes que ayudarnos —pidió  Jhornub—. No le haremos daño, solo queremos hablar con él.
—Nosotros somos el problema, —la voz de Kapreg se hizo escuchar—. Los que esperan vida no son ningún riesgo. Ni siquiera necesitan entrar para hablar con él. Tráelo aquí, deja que ellos y ellas hablan con él.

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—Por favor no te alejes de mí.
La voz aunque amable reflejaba una seriedad que Harry no tuvo oportunidad de escuchar antes. El rostro de Draco permanecía sereno.
—En ningún momento y sin importar lo que pase.
Harry asintió con la cabeza. La inquietud rodó por su espalda y le envaró las plumas.
—¿Estás molesto?
—Estoy furioso, —respondió Draco, las palabras teñidas por un vislumbre de su  ira—. No tenían por qué hacer esto.
—Solo quieren hablar.
Draco apartó la mirada. Respiró despacio. ¿Qué podía hacer Harry para contener la ira de su padre? Ni siquiera lo conocía. ¿Cómo esperaban que detuviera al Señor de la guerra?
—No, Harry. Ellos quieren que te enfrentes a tu padre, a quien no conoces, y les salves la maldita vida que uno de ellos puso en riesgo. No es tu obligación. Ni yo debí permitir esto.
Harry se miró las manos. En realidad él no quería escucharlos.
—Es lo mismo que con Voldemort, —dijo en voz baja—. Todos esperaban que yo haga algo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

a pesar de ser muy vengativa, me enteré de que un error no justifica otro y ciertamente matar toda una raza y especialmente las mujeres embarazadas y los niños, nada justifica esta .... espero Harry puede hablar con su padre,aunque siempre encontro que requieren demasiado de él ... y después lo que pasó con sus padres adoptivos que Dumb mostro a Draco? y Herminone, ¿qué pasó con ella, espero que lo sientas y sentir realmente lo pierdas y pueda se redmir ...
fenixnegra5000

Janendra dijo...

Yo opino lo mismo, ahora que Harry convenza a su padre xD Muchas cosas quedaron sin resolver T-T

Anónimo dijo...

Oh por... no puede ser, yo muriendo de ganas de saber sobre cómo continúa tu hermosa historia y me encuentro con ésto.

Es tan hermoso, tan mágico, como recuerdo del resto del primer libro de Unión. Te deja una sensación en la piel que... no sé, me hace alucinar. Hace que sienta tanta ternura como para que se me agüen los ojos, que mi corazón se acelere y que sonría como un tonto.

Adoré la escena del Harry-soy-un-capullo-blanco-muy-vergonzoso. ¡Es tan tierno! Lo abrazaría si no temiera perder mis brazos, uno para nuestro querido y respetado Rey Draco y el otro para nuestro temido Aenodán.

Ohhh, siento que me da algo. Joder, cómo odio a los lectores de los últimos años, ¿qué les cuesta dejar un comentario como éste? Cinco minutos, no se les caerán los dedos.

¿Has pensado en publicar el primer libro de Unión en fanfiction? Yo confío en que ahí sería correctamente apreciado tu trabajo... aunque, quizás, le tenga demasiada fe a una simple página llena de los mismo lectores desagradecidos. En fin.

¿Ya dije que amé esto?, ¿ya dije que fue hermoso? Pues lo repito, eres una escritora increíble, ésta historia es la cumbre de tu talento.

Un saludo.